BITTER WINTER

Más allá del líder. 1. Culpa por asociación y estigma.

by | May 18, 2026 | Documents and Translations, Spanish

Cuando líderes de minorías religiosas son acusados de delitos sexuales, las narrativas mediáticas pueden marcar rápidamente a todo el colectivo como cómplices o víctimas.

por María Vardé

Konstantin Rudnev in Montenegro, 2023.
Konstantin Rudnev en Montenegro, 2023

Cuando un líder o miembro destacado de una minoría religiosa es acusado o condenado en una causa de fuerte impacto público, la sospecha suele extenderse al grupo entero, su doctrina y miembros no acusados de delito alguno. Se pone en marcha algo más amplio que un proceso penal, la acusación contra una persona se vuelve clave interpretativa para juzgar a toda la comunidad religiosa o espiritual.

Esto es lo que puede llamarse culpa por asociación. En varios casos recientes que involucran a nuevos movimientos religiosos o religiones minoritarias, los medios no solo han informado acusaciones o condenas contra individuos concretos. A menudo han transformado esos casos en narrativas totalizantes, donde la presunta conducta del líder es tratada como si revelara “la verdadera naturaleza” de todo el grupo.

En los últimos años, las plataformas de streaming han consolidado un nicho rentable de historias criminales presentadas como documentales o ficciones basadas en hechos reales. Este género, que atrae audiencias y alimenta el imaginario colectivo sobre marginalidad y criminalidad, ha encontrado en el estereotipo de las “sectas” un tema particularmente eficaz, muchas veces priorizando el sensacionalismo. Los medios tienden a componer una imagen acorde con estereotipos previos, apoyándose en tropos simplistas como el líder manipulador, la víctima inocente, el lavado de cerebro, el abuso y la criminalidad oculta. Una vez que una historia se presenta como narrativa de “secta”, activa un repertorio cultural ya familiar y fácilmente consumible. Por lo general, lo que no encaja en ese guion no aparece en la cobertura.

Un ejemplo reciente es la representación mediática del Movimiento para la Integración Espiritual en el Absoluto (MISA), un movimiento de yoga y espiritualidad tántrica fundado por Gregorian Bivolaru. Bivolaru fue condenado en Rumania en 2013 en un controvertido caso de abuso sexual con una estudiante de diecisiete años. Sin embargo, la presunta víctima, Mădălina Dumitru, ha negado sistemáticamente que esa relación haya existido. También declaró ante la Corte Suprema de Suecia en apoyo de Bivolaru, y Suecia luego le concedió asilo político porque no recibiría un juicio justo en Rumania. Fue arrestado nuevamente en Francia en 2023 y permanece en prisión preventiva por cargos que incluyen presunta violación, secuestro, trata de personas y abuso de debilidad.

Mădălina Dumitru.
Mădălina Dumitru

Tras los allanamientos franceses, medios como “Le Monde” y “BBC News” retrataron al movimiento como una banda criminal con fachada de escuela de yoga, mientras que producciones como el podcast de la BBC “The Bad Guru” y la docuserie de Apple TV+ “Twisted Yoga” presentaron el erotismo sagrado del grupo como apenas un pretexto para el abuso sexual. Las mujeres identificadas como víctimas y supuestamente “liberadas” durante los allanamientos declararon que estaban en Francia por voluntad propia, participando libremente en retiros basados en yoga tántrico y erotismo sagrado. Sin embargo, este elemento, que complica la narrativa, pesa mucho menos que los testimonios hostiles, el lenguaje policial y la autoridad interpretativa de los activistas antisectas. Como han sostenido Massimo Introvigne y Rosita Šorytė, estas producciones omiten decisiones judiciales favorables y testimonios de miembros actuales, y traducen un vocabulario religioso disputado de erotismo sagrado en una narrativa predeterminada de manipulación.

La iglesia cristiana La Luz del Mundo ha sido representada mediante un patrón similar. En 1997, su entonces líder, Samuel Joaquín Flores, fue acusado de abuso sexual y de preparar un suicidio masivo, pero, tras una investigación, los fiscales concluyeron que no había delito perseguible. En 2019, su hijo y sucesor, Naasón Joaquín García, fue arrestado en California por múltiples cargos de abuso sexual, incluidos delitos contra menores, y luego aceptó un acuerdo de culpabilidad que derivó en una condena de casi diecisiete años de prisión. Actualmente enfrenta nuevos cargos en Estados Unidos, mientras que una causa mexicana cerrada por falta de pruebas fue luego reabierta.

“Unveiled: Surviving La Luz del Mundo”, de HBO Max, y “La oscuridad de La Luz del Mundo”, de Netflix, no se enfocan solo en Naasón Joaquín García ni en los testimonios de quienes lo acusan. En conjunto, tienden a retratar a la iglesia misma como una mafia o una “secta”, mientras los creyentes son presentados como posibles cómplices de un sistema abusivo o como víctimas manipuladas atrapadas en él. En ambos casos, los relatos de creyentes comunes, no acusados, que siguen en la iglesia y tienen sus propias experiencias y perspectivas, están en gran medida ausentes. También faltan otras perspectivas, incluidas las de académicos, expertos o analistas jurídicos que podrían ofrecer una comprensión más completa y compleja del asunto.

El mismo patrón puede observarse en el caso de Christian Gospel Mission, también conocido como Providence, un movimiento cristiano de origen coreano activo en Taiwán. Su líder, Jung Myung Seok, cumplió una condena de diez años de prisión entre 2008 y 2018 por cargos de violación y malversación de fondos de la iglesia, acusaciones que siempre ha negado. Tras su liberación, fue arrestado nuevamente en 2022 por nuevos cargos de abuso sexual contra miembros mujeres, condenado en 2023 y sentenciado a diecisiete años en apelación, decisión confirmada por la Corte Suprema en 2025.

“In the Name of God. A Holy Betrayal”, de Netflix, estrenada en 2023 y seguida por una secuela en 2025, fue presentada como una denuncia sobre líderes religiosos coreanos y el lado oscuro de la creencia incuestionada. Sin embargo, sus efectos no se limitaron a la situación jurídica de Jung. Las prácticas de la iglesia fueron retratadas como fachadas para reclutar mujeres con fines de abuso sexual, produciendo una imagen de las miembros mujeres como fácilmente engañadas y dispuestas a hacer cualquier cosa para pertenecer a lo que el documental presenta como un círculo interno privilegiado dentro de la iglesia. La impresión general es la de una comunidad de personas sin agencia independiente. De este modo, el documental proyectó sospecha sobre la iglesia en su conjunto, retratando a Providence como un espacio poblado por miembros con el cerebro lavado, ingenuos o cómplices.

En Taiwán, esta representación sensacionalista contribuyó al acoso y la desinformación contra creyentes que no habían sido acusados de ningún delito. La gravedad de la situación llevó a la ONG CAP-LC, acreditada ante el ECOSOC, a presentar una declaración escrita ante el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, advirtiendo que los documentales habían desencadenado una caza de brujas digital y la destrucción social de miembros no acusados.

Publicity for Netflix’s series “In the Name of God.”
Publicidad de la serie de Netflix “In the Name of God”.

Ashram Shambhala ofrece una variación de este proceso. En este caso, la sospecha no dependió de un gran documental internacional de streaming, sino de una acumulación transnacional de informes periodísticos, cobertura judicial y pseudo-investigaciones. La escuela fue fundada en la década de 1990 por Konstantin Rudnev, un exinstructor de yoga ruso que desarrolló una enseñanza esotérica y una comunidad de seguidores. Rudnev, crítico abierto del régimen de Putin, fue condenado en Rusia en 2013 a once años de prisión por delitos sexuales y tráfico de drogas, tras un juicio celebrado en el contexto de una prolongada campaña mediática y antisectas que ya había consolidado su imagen pública como líder de una “secta” criminal.

Una opinión experta reciente ha sostenido que el caso ruso debe leerse dentro de un contexto más amplio en el cual las acusaciones contra disidentes políticos y religiosos son fabricadas o amplificadas por las autoridades, circuladas por medios alineados con el Estado y avaladas por tribunales carentes de independencia. Rudnev también está procesado actualmente en Argentina en una causa por trata de personas, ya analizada en Bitter Winter, donde la presunta víctima niega ser víctima y el caso parece haber sido enmarcado desde el inicio mediante narrativas mediáticas rusas y montenegrinas.

En el sitio web del activista antisectas ruso Aleksandr Dvorkin, artículos con títulos como “Una secta prohibida irrumpió en Ekaterimburgo” y “Una secta prohibida en Rusia opera en Kazajistán” trataron la mera presencia de libros de Rudnev, afinidades espirituales o presuntos exseguidores como prueba de continuidad de la antigua organización y de actividad criminal. En estos informes, actividades aparentemente inocuas —mujeres que recibían mensajes en línea alentándolas a “amarse a sí mismas” y a “descubrir su feminidad”, adivinación chamánica en ecofestivales o campamentos de verano para niños— fueron reformuladas como esquemas de extorsión o fachadas de una vasta red criminal.

La misma lógica aparece en el especial televisivo de Malakhov, “Inside the Cult: Tracing the Missing Actress”, y en informes regionales recientes, donde conflictos personales contemporáneos son absorbidos en el repertorio de “Ashram Shambhala”. Las partidas voluntarias de mujeres adultas, como Ekaterina Savelieva y Natalia Matushkina, ambas buscando iniciar nuevas vidas después de relaciones tóxicas, fueron sensacionalizadas por “expertos en sectas” y por los medios como secuestros sectarios vinculados a Rudnev. Esta narrativa ignora los propios testimonios de las mujeres. Matushkina, por ejemplo, acusó públicamente a su madre de mentir y de “venderla” a la televisión por dinero. Sin embargo, autoridades y medios siguen tratando esas partidas como delitos relacionados con “sectas” o incluso como posibles asesinatos, mientras que los medios rusos también han especulado sobre una posible solicitud de extradición de Rudnev. De todas formas, ninguna solicitud de ese tipo ha sido confirmada por las autoridades rusas.

Estos casos difieren en sus historias jurídicas, contextos nacionales y situaciones probatorias. Sin embargo, revelan un mecanismo mediático común. La acusación contra un líder o miembro destacado deja de ser tratada como un hecho atribuible a un individuo. Se convierte en una matriz interpretativa que reescribe toda la organización, su doctrina y sus miembros. Al reducir a los creyentes a una dicotomía rígida entre complicidad moral y victimización pasiva, las narrativas mediáticas invalidan sistemáticamente sus propias experiencias y libertad de elección. Quienes se van y acusan son tratados como si finalmente pudieran hablar, mientras que quienes permanecen y niegan ser víctimas suelen ser tratados como prueba de que la manipulación ha tenido éxito.

Por eso la culpa por asociación debe entenderse como una forma de estigma. A través del etiquetado, los estereotipos y la separación entre un “nosotros” moralmente aceptable y un “ellos” patologizado, las narrativas mediáticas ayudan a crear las condiciones para que la discriminación se vuelva socialmente plausible. Una vez estabilizada, esta matriz puede trasladarse a tribunales, debates legislativos y agencias estatales. Cuando eso ocurre, la culpa por asociación deja de ser meramente un efecto mediático. Se convierte en parte de la maquinaria a través de la cual las minorías religiosas son gobernadas, restringidas o incluso amenazadas con la disolución.


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