BITTER WINTER

El caso Rudnev: la “víctima” toma la palabra

by | Sep 3, 2026 | El caso Rudnev

Solo una “víctima” figura mencionada en la causa argentina. Ahora decidió contar su verdadera historia a “Bitter Winter” con su propia voz.

Por Elena Makarova

Elena Makarova.
Elena Makarova.

Yo, Elena Makarova, he estado viviendo en Rusia con mi bebé maravilloso, y mi único deseo es vivir en paz y olvidar la experiencia traumática que sufrí en Argentina. Volví a casa con la esperanza de que el tiempo, la familia y la maternidad me ayudaran a sanar. Sin embargo, mi nombre sigue siendo mencionado en la causa contra Konstantin Rudnev en Argentina, y los medios lo han expuesto con escaso respeto a mi derecho a la privacidad. Solo por esa razón me siento obligada a escribir un artículo para aclarar las cosas, con mis propias palabras, sin intermediarios, distorsiones ni malas traducciones.

Antes de viajar a Argentina, no tenía ningún interés especial en la espiritualidad, el esoterismo ni nada por el estilo. Nunca había oído hablar de Konstantin Rudnev. Solo después de los incidentes en Argentina me enteré de que los medios rusos lo habían mencionado en ocasiones anteriores. La mayoría de esos artículos, sin embargo, se habían publicado cuando yo era una niña, y Rudnev no era un nombre conocido en Rusia. Nunca formé parte de ningún grupo, movimiento o “secta” asociado a él.

Mi vida antes de Argentina era ordinaria, marcada por mi embarazo y por la difícil relación con el padre de mi hijo, un hombre que bebía, me maltrataba y me hacía temer por mi seguridad. Quedé embarazada fuera del matrimonio, sin el apoyo de ese hombre ni de su familia, y en octubre de 2024 finalmente logré separarme de él. Estaba deprimida y asustada, y necesitaba un lugar seguro para dar a luz.

Para quienes puedan encontrar extraño que haya elegido Argentina, déjenme explicar por qué no lo es. Cuando empecé a considerar la posibilidad de dar a luz allí —siguiendo las sugerencias de amigos y familiares— supe que en un año más de 10.000 mujeres rusas embarazadas viajaron a Argentina para parir. La razón es simple: cualquier niño nacido en Argentina puede obtener un pasaporte argentino, y la madre queda habilitada para solicitar la ciudadanía argentina después de algunos años. En la situación internacional actual, contar con un pasaporte de un país occidental resulta altamente deseable. Yo quería seguridad, estabilidad y un futuro para mi hijo. Argentina parecía ofrecer todo eso.

Cuando decidí viajar, mi madre se enteró de que su amiga Nadezhda Belyakova —conocida en Argentina como Angelina— también planeaba viajar allí. Le pidió a Nadezhda que me acompañara porque estaba profundamente preocupada por mi embarazo y por la violencia que había sufrido. Nadezhda aceptó, y viajamos juntas. Nunca me mencionó a Rudnev antes de llegar a Argentina. Yo no tenía conocimiento de que se conocieran, y lo dudo.

Cuando llegamos a Bariloche, Nadezhda y yo descubrimos que la casa donde habíamos planeado quedarnos ya no estaba disponible. Entonces Nadezhda contactó a Ksenia Tarakanova, quien conocía a mucha gente de la comunidad rusa en Bariloche. Nadezhda y yo nos quedamos en una de las propiedades de Tarakanova. Más tarde supe —ya que no tenía motivo para hablarme del tema antes del incidente en el hospital— que Tarakanova era amiga de la esposa de Rudnev, y que se conocían desde Rusia.

Elena Makarova with her child. Used with permission.
Elena Makarova con su hijo. Usada con permiso.

En Argentina, mi embarazo siguió normalmente. Me enamoré de Bariloche: su calma, sus paisajes, las caminatas con Nadezhda. Tejía ropa para mi bebé, compraba lo que necesitaba y me preparaba emocionalmente para el parto. No hablaba español, así que dependía de mi intérprete, Svetlana Komkova, otra rusa que conocí en Bariloche. Ella traducía mis preguntas y las indicaciones de los médicos durante las visitas al hospital. Expresé repetidamente mi deseo de un parto natural y mi miedo a una cesárea.

Todo cambió a mediados de marzo. El personal del hospital insistió en obtener documentación del padre del niño, a pesar de mi pedido claro de registrar al bebé con mi apellido y de no revelar la identidad del padre. La enfermera luego reconoció que la documentación paterna no era legalmente necesaria para el alta, pero dijo que la solicitó para “obtener información sobre mí”. Bajo presión y porque el hospital insistía en los papeles del padre, Nadezhda presentó una fotocopia del pasaporte de Rudnev que encontró entre los documentos en el alojamiento donde nos quedábamos, ya que Ksenia Tarakanova estaba asistiendo a Rudnev y a su esposa con trámites migratorios. Yo nunca había visto ese pasaporte antes. Nunca había hablado con Rudnev. Sin embargo, esa fotocopia se convirtió en la semilla de una pesadilla, ya que empezaron a investigarme y a presionarme para que admitiera que era una “víctima” de Rudnev y de su “secta”.

Desde el primer momento, fui sometida a una presión extremadamente fuerte y constante para que admitiera que era una víctima. Me amenazaron y me dijeron que podían quitarme a mi hijo. Vivía con el miedo permanente de que me lo sacaran. Me dijeron que si me negaba a declararme víctima y seguía insistiendo en comunicarme con mi madre, mi madre también sería convertida en imputada en la causa y podría ir presa. Estas amenazas se repetían con tanta frecuencia que se volvieron parte de mi realidad cotidiana, envenenando cada momento de lo que debería haber sido el período más feliz de mi vida.

Me separaron de las únicas personas en las que confiaba. Fui sometida a violencia obstétrica: un intento de inducción no autorizado, una cesárea a la que no consentí, y un trato degradante inmediatamente después del parto. Me obligaron a amamantar frente a policías, a ducharme bajo vigilancia, a lavar la ropa de mi bebé en una pileta sucia y a dormir en condiciones inadecuadas. Me confiscaron el teléfono. Me secuestraron los documentos. Me interrogaron repetidamente mientras todavía sangraba, sin poder sentir las piernas y casi inconsciente. Me decían que era una “víctima”, pero me trataban como si fuera una criminal. Me trasladaron a refugios donde se acababa el agua, las paredes tenían moho, la comida era insuficiente y la comunicación con mi familia estaba restringida. Me negaron el acceso a un abogado de mi elección durante semanas. Me presionaron para decir que Rudnev era el padre de mi hijo, aunque esto era falso, como luego demostró el ADN. Me presionaron para decir que había sido “traficada”, aunque la idea de que una mujer en un avanzado estado de embarazo fuera llevada a Argentina para explotación sexual o laboral resulta absurda y ofensiva.

Elena Makarova tells her story.
Elena Makarova cuenta su historia.

Como todo esto era falso, entendí desde el principio que la fiscalía tenía una orden o una misión: acusar a Konstantin Rudnev a cualquier costo y atribuirle algún crimen terrible. Me parecía profundamente injusto, pero mientras seguía en Argentina tenía miedo de declarar contra la fiscalía. Solo después de volver a Rusia decidí contar la verdad. Incluso abrí un canal de YouTube para compartir todo lo que me había pasado en Argentina, porque callar habría significado aceptar la narrativa falsa que me impusieron.

Más tarde, mi abogado me dijo que un fiscal llamado Fernando Arrigo desempeñó un papel clave en la fabricación de la causa contra Rudnev. Fue él quien dio todas las órdenes para mantenerme en condiciones inhumanas. Ordenó que me intimidaran por cualquier medio necesario para sacarme declaraciones contra Rudnev. Él organizó toda esta causa. Los hechos posteriores lo confirmaron. Arrigo incluso abrió una causa penal contra mi abogado y solicitó una orden de allanamiento y el secuestro de sus pertenencias personales y de sus teléfonos. Por eso presenté una denuncia contra él y contra los demás fiscales que cometieron todos estos abusos. Ahora quiero impugnar esta historia falsificada.

Soy consciente de que los fiscales insisten en que encontraron en mi teléfono incautado uno o más mensajes de una mujer que supuestamente me decía que “mintiera” y negara haber conocido a Rudnev o a su “organización”. No tengo idea de qué hablan. O hay un problema con las traducciones del ruso —lo cual no sería la primera vez en mi caso— o no puedo explicar cómo esos mensajes llegaron a mi teléfono. Vivo en un país donde dejar mensajes incriminatorios en los teléfonos es, lamentablemente, una estrategia conocida de la policía o de los servicios de inteligencia. No puedo descartar que haya ocurrido algo similar.

Me llaman víctima en la causa argentina, pero no soy víctima de nadie, salvo de los fiscales argentinos, contra quienes presenté una denuncia. Dicen que, si niego ser víctima, es porque estoy “lavada de cerebro” o bajo “control coercitivo” de Rudnev, quien supuestamente ha podido controlarme durante varios meses desde una prisión de alta seguridad en Argentina, mientras yo estoy en Rusia, en mi casa, con mi hijo. Esto es absurdo. También es profundamente irrespetuoso. O digo lo que ellos quieren escuchar —pero no es verdad—, o soy tratada como una “zombi manipulada” o como una criminal. Exijo respeto por mi identidad y mi autonomía como mujer libre. Exijo que me dejen en paz para poder cuidar a mi hijo.

Escribí este artículo no porque quiera revivir el trauma, sino porque quiero que se conozca la verdad. Quiero que mi nombre deje de usarse en narrativas que no tienen nada que ver con mi vida. Quiero proteger el futuro de mi hijo. Y, por encima de todo, quiero recuperar mi voz, que me fue arrebatada en Argentina y que ahora afirmo, clara y inequívocamente, desde mi hogar en Rusia.


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